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	<title>Beatriz Dinucci &#187; cuentos</title>
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		<title>Clasificación de narraciones literarias: géneros o tipos y subgéneros de relatos</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Aug 2011 00:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Beatriz Dinucci</dc:creator>
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		<description><![CDATA[TweetLos cuentos, como otros tipos de relatos se clasifican de diferentes formas, según qué criterios se tengan en cuenta. A continuación les propongo una clasificación clásica, teniendo en cuenta los temas tratados y si se acercan o alejan de la realidad.  Realistas: son aquellos que relatan historias donde los hechos que ocurren son presentados [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<a href='http://twitter.com/share?url=http%3A%2F%2Fwp.me%2FpCKro-1t&count=none&related=&text=Clasificaci%C3%B3n%20de%20narraciones%20literarias%3A%20g%C3%A9neros%20o%20tipos%20y%20subg%C3%A9neros%20de%20relatos' class='twitter-share-button' data-text='Clasificación de narraciones literarias: géneros o tipos y subgéneros de relatos' data-url='http://wp.me/pCKro-1t' data-counturl='http://www.beatrizdinucci.com/2011/08/habia-una-vez-aproximaciones-a-los-tipos-de-relatos/' data-count='none' data-via='beadinucci'>Tweet</a><p><em><span style="color: #808080;">Los cuentos, como otros tipos de relatos se clasifican de diferentes formas, según qué criterios se tengan en cuenta. A continuación les propongo una clasificación clásica, teniendo en cuenta los temas tratados y si se acercan o alejan de la realidad.</span></em></p>
<p><em><span style="color: #808080;"><span id="more-91"></span></span></em></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Realistas</strong>: son aquellos que relatan historias donde los hechos que ocurren son presentados como posibles de que sucedan. Podrían ocurrirle a cualquiera. Entre sus características más importantes encontramos que: sus personajes son seres comunes, como cualquiera en el mundo real. Los hechos ocurren en lugares que existen o posibles de que existan. Abundan las descripciones claras y detalladas, dándole así a la historia mayor realismo. Los hechos que ocurren, así también como las acciones llevadas a cabo por los personajes son posibles de que sucedan o de realizar. Los diálogos de los personajes, reproducen la forma y manera de hablar de las personas en el mundo real.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Maravillosos</strong>: son totalmente opuestos a los relatos realistas. Lo que cuentan nunca podrían ocurrir, independientemente de las circunstancias en que se presenten. Son absolutamente imposibles de que sucedan. La magia, embrujos, hechizos, están generalmente presentes. Los personajes, aunque a veces no todos, poseen cualidades diferentes a las humanas, también aparecen seres irreales como hadas, ogros, etc. Los lugares donde ocurren también suelen ser irreales.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Fantásticos:</strong> estas historias combinan las dos anteriores ya que en el mundo real, cotidiano, normal, aparece de repente un suceso inexplicable que genera dudas en cuanto a lo sucedido. Permite encontrar dos explicaciones a lo ocurrido: la lógica y realista, (por ejemplo, que lo sucedido haya sido solo un sueño), o la fantástica, por medio de lo sobrenatural (por ejemplo, lo que el personaje vio realmente era un fantasma y no su sombra). Generalmente posee finales abiertos, caracterizados, como dije anteriormente por la duda en el lector.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>De ciencia ficción</strong>: relatan hechos que hoy no pueden ocurrir, pero que en un futuro (cercano o lejano), con el avance de la ciencia y la tecnología, podrían suceder. Los temas de estos tipos de historia se relacionan con: la conquista del espacio, seres extraterrestres, la lucha entre el hombre y las máquinas, viajes en el tiempo, creaciones, transformaciones, experimentos científicos.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Policiales:</strong> en estos relatos se comete un delito que debe ser resuelto. La investigación puede estar a cargo de cualquier personaje y no necesariamente de policías o detectives. Los dos requisitos indispensables que deben cumplirse para encontrarnos frente a un cuento policial son que se produzca un crimen o delito (de cualquier tipo: robo, asesinato, etc.) y alguien que trate de resolverlo por medio de una investigación.</span></p>
<p><em><span style="color: #808080;">Existen también géneros menores de relatos que pueden encontrarse dentro de los cinco anteriores y que son, realmente muy importantes y conocidos:</span></em></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Humorísticos</strong>: son aquellos relatos que utilizan procedimientos y mecanismos tendientes a generar risa. Estos recursos son: la exageración (mostrando hechos desproporcionados, cambiando así la visión real de éstos); los opuestos (remarcando las diferencias o contrastes); el absurdo (introduciendo situaciones descabelladas); la parodia (ridiculizando hechos o situaciones serias, volviéndolas así graciosas)</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>De terror</strong>: son relatos que se adaptan y modifican según las épocas, sus personajes pueden ser: vampiros (como en conde Drácula), monstruos que son el resultado de experimentos o situaciones diversas, seres mitad humanos y mitad sobrenaturales, seres de ultratumba, momias, animales o elementos de la naturaleza que han sufrido una mutación o cambio que los hace más peligrosos y también, seres humanos. Estas historias pueden explicar lo que ocurre de manera realista o de manera sobrenatural, pareciéndose a los cuentos fantásticos. Entre los recursos que utilizan para generar terror se encuentran: gran cantidad de descripciones que crean un ambiente especial, la presencia de situaciones de riesgo y de encierro donde el protagonista se siente indefenso, la sorpresa dada por la aparición de seres desconocidos que ponen en peligro a los personajes o de seres conocidos que desconciertan por sus actitudes y acciones.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>De suspenso o misterio</strong>: éstas a diferencia de las policiales giran en torno a una intriga por descubrir que no necesariamente tiene que estar dada por un crimen (puede ser la pérdida de un objeto, etc.). En este caso, también se lleva a cabo una investigación.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>De acción</strong>: son aquellos cuentos o relatos donde lo fundamental gira en torno a las acciones llevadas a cabo por los personajes. Estas generalmente suponen esfuerzo físico e intelectual y, en su mayoría, sorprenden a quienes las realizan, no se encuentran planificadas.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>De aventuras</strong>: se diferencias de las historias de acción ya que en éstas, se plantea un objetivo a cumplir (por ejemplo, descubrir un tesoro) y, a partir de allí, se elabora un “plan de acción” para conseguir este propósito. Cada paso, está planificado. Al igual que los cuentos de acción, demandan de los personajes destreza mental y física.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Sentimentales:</strong> son aquellas que giran en torno a relaciones entre los personajes: de padre a hijo, entre amigos, relaciones amorosas, etc.</span></p>
<p><span style="color: #808080;"> <strong>Populares o tradicionales</strong>: son anónimos, es decir, no se conoce su autor, se transmiten de generación en generación, permitiendo incorporar ciertas modificaciones según las culturas y el paso del tiempo. Intentan dejar una enseñanza y sus personajes reflejan características humanas, por ejemplo encontramos el trabajador y su opuesto, el haragán, el bueno y el malo, etc.</span></p>
<p><em><span style="color: #808080;"><strong>¿Cuáles son tus géneros preferidos? ¿Por qué? Podés recomendar y comentar historias, libros y películas que pertenezcan a éstos.</strong></span></em></p>
<p><em><span style="color: #888888;"> </span></em></p>
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		<title>Clasificación de personajes: según su importancia y la teoría actancial (función)</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Aug 2011 21:05:03 +0000</pubDate>
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<p><strong>Según su importancia:</strong></p>
<ul>
<li><em>Protagonista</em>: es aquel personaje en torno al cual gira toda la historia.</li>
<li><em>Principal:</em> son aquellos personajes que no pueden ser modificados ni quitados de la obra ya que son parte fundamental en la historia. Si éstos se cambiaran, la historia no sería la misma. Muchas veces coinciden con el protagonista.</li>
<li><em>Secundario:</em> son aquellos personajes que pueden ser modificados en la historia, sin alterarla significativamente.</li>
<li><em>Terciario:</em> son aquellos personajes que aparecen una sola vez en la historia.</li>
<li><em>Cuaternario</em>: son los personajes que nunca aparecen en el relato pero son nombrados en el mismo.</li>
</ul>
<p>Dando un ejemplo simple sobre esta clasificación veríamos que en el cuento infantil <em>&#8220;Caperucita Roja&#8221;: </em>Caperucita sería la protagonista, el lobo feroz  sería el personaje principal (no pasaría lo mismo o no seguiría la lógica del relato si en vez del lobo apareciera una ardilla); la abuela, sería el personaje secundario (ya que podría ser cambiada por el abuelo, un tío, una madrina, etc.); el leñador sería el personaje terciario y la mamá, la cuaternaria (ya que se la menciona pero no aparece efectivamente en la historia).</p>
<p><strong>Según su función (teoría actancial):</strong></p>
<ul>
<li><em>Sujeto</em>: generalmente es el protagonista o algún personaje principal. Sobre éste recae la acción central.</li>
<li><em>Objeto:</em> es lo que persigue el sujeto, el propósito que éste posee. Puede ser otro personaje, un objeto, situación, etc.</li>
<li><em>Ayudante:</em> es el personaje, situación, objeto, que facilita el accionar del sujeto.</li>
<li><em>Oponente:</em> es aquel que interfiere negativamente en el accionar del sujeto.</li>
</ul>
<p>Volviendo al ejemplo anterior, y considerando a Caperucita como protagonista, ella sería el <em>sujeto,</em> la abuela sería el <em>objeto </em>(su propósito era ir a llevarle una canasta de comida), el lobo sería el <em>oponente,</em> y<em> </em>el leñador, <em>el ayudante.</em></p>
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		<title>Julio Cortázar, un gran innovador</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Oct 2009 23:23:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Beatriz Dinucci</dc:creator>
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<p>Fue un gran escritor de literatura fantástica, tomada desde la óptica de lo misterioso, imprevisto, impensado, sobrenatural, partiendo, casi siempre de situaciones cotidianas.</p>
<p>Entre sus elementos encontramos: los pasajes (de la realidad a la ficción, de una época a otra, de personajes, lugares,  etc), los sueños como instrumentos de esos pasajes, las características poco claras de los personajes quienes están en permanente cambio, la mezcla y confusión de situaciones, relatos, personajes, etc. Pero su principal elemento es la innovación, la sorpresa.</p>
<p>Esta innovación también se trasladó a la presentación de sus libros, a su estructuración y planteo.</p>
<p><strong>A continuación, un texto de este gran autor que refleja lo antes mencionado. Según el mismo, y tendiendo en cuenta su título: al final &#8220;¿de quién es la culpa?&#8221;.</strong></p>
<p><strong><span id="more-380"></span><br />
</strong></p>
<p><strong>NO SE CULPE A NADIE</strong></p>
<p>El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.</p>
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		<title>El Gíglico, un lenguaje que sugiere, desafía a lectores eficientes</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Oct 2009 14:41:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Beatriz Dinucci</dc:creator>
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<p><em>Al leer por primera vez un texto de este tipo parece imposible su entendimiento, pero luego de una segunda, el texto adquiere sentido y es perfectamente entendible. Este “Lenguaje” posee la misma sintaxis y morfología que el español. </em></p>
<p><strong>¡Hagamos una prueba!</strong>:  El siguiente relato<strong><em>, <span style="font-style: normal;"><span style="font-weight: normal;">está </span></span><span style="font-weight: normal;"><span style="font-style: normal;">e</span><span style="font-style: normal;">scrito en gíglico y </span></span></em><span style="font-weight: normal;">figura en el libro Ultimo round</span></strong> .Espero que lo entiendan, si quieren pueden, “traducirlo” al español. ¿Existirán coincidencias entre las distintas versiones traducidas?</p>
<p>Más adelante, les daré una ayudita para saber si su interpretación fue la correcta.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Inmiscusión terrupta</span> de Julio Cortázar, Último round.</p>
<p>Como no le melga nada que la contradigan, la señora Fifa se acerca a la Tota y ahí nomás le flamenca la cara de un rotundo mofo. Pero la  Tota no es inane y de vuelta le arremulga tal acario en pleno tripolio que se lo ladea hasta el copo.<br />
-¡Asquerosa! –brama la señora Fifa, tratando de sonsonarse el ayelmado tripolio que ademenos es de satén rosa. Revoleando una mazoca más bien prolapsa, contracarga a la crimea y consigue marivolarle un suño a la Tota que se desporrona en diagonía y por un momento horadra el raire con sus abroncojantes bocinomias. Por segunda vez se le arrumba un mofo sin merma a flamencarle las mecochas, pero nadie le ha desmunido el encuadre a la Tota sin tener que alanchufarse su contragofia, y así pasa que la señora Fifa contrae una plica de miercolamas a media resma y cuatro peticuras de ésas que no te dan tiempo al vocifugio, y en eso están arremulgándose de ida y de vuelta cuando se ve precivenir al doctor Feta que se inmoluye inclótumo entre las gladiofantas.<br />
-¡Payahás, payahás! –crona el elegantiorum, sujetirando de las desmecrenzas empebufantes. No ha terminado de halar cuando ya le están manocrujiendo el fano, las colotas, el rijo enjuto y las nalcunias, mofo que arriba y suño al medio y dos miercolanas que para qué.<br />
-¿Te das cuenta? –sinterruge la señora Fifa.<br />
-¡El muy cornaputo! –vociflama la  Tota.<br />
Y ahí nomás se recompalmean y fraternulian como si no se hubieran estado polichantando más de cuatro cafotos en plena tetamancia; son así las tofifas y las fitotas, mejor es no terruptarlas porque te desmunen el persiglotio y se quedan tan plopas.</p>
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		<title>Borges nunca escribió una novela</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Sep 2009 22:19:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Beatriz Dinucci</dc:creator>
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<p>A continuación les propongo leer una producción de este excelente autor.</p>
<p><strong>EL SIMULACRO</strong><br />
<em>En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.<br />
¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.</em></p>
<p><em>¿Quieren conocer otros de sus cuentos?  A continuación aparecen más. </em></p>
<p><em>Realmente me gustaría saber si los entendieron ¡ Desafían su comprensión y cultura! ¡Es un verdadero reto!</em></p>
<p><strong><span id="more-187"></span></strong></p>
<p><strong>BIOGRAFIA DE TADEO ISIDORO CRUZ</strong> de <strong>JORGE LUIS BORGES</strong></p>
<p><em>I&#8217;m looking for the face I had<br />
Before the world was made.<br />
Yeats: The winding stair.<br />
El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.<br />
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.<br />
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:<br />
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció&#8230; El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.</em></p>
<p><em><strong>La casa de Asterión<br />
</strong>Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.<br />
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.<br />
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.<br />
No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.<br />
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?<br />
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.</em></p>
<p><em>-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.</em></p>
<p><em><strong>EL FIN</strong><br />
RECABARREN, TENDIDO, ENTREABRIÓ los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…<br />
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.<br />
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.<br />
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.<br />
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:<br />
—Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.<br />
El otro, con voz áspera, replicó:<br />
—Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.<br />
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:<br />
—Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.<br />
El otro explicó sin apuro:<br />
—Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.<br />
Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.<br />
—Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.<br />
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.<br />
—Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.<br />
Un lento acorde precedió la respuesta de negro:<br />
—Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.<br />
—Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.<br />
El negro, como si no lo oyera, observó:<br />
—Con el otoño se van acortando los días.<br />
—Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.<br />
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:<br />
—Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.<br />
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:<br />
—Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.<br />
El otro contestó con seriedad:<br />
—En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.<br />
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:<br />
—Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.<br />
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.<br />
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.</em></p>
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