Subscribite
Entradas
Comentarios

El sujeto oracional: tipos

Existen diferentes tipos de sujetos oracionales: expreso, tácito, simple y compuesto. A continuación veremos cada uno de ellos.

Sujeto expreso: es aquel que aparece escrito en la oración, por ejemplo: La maestra, dictó la tarea. (maestra, es el núcleo del sujeto y aparece escrito, por eso es expreso). En cambio, el sujeto tácito, es aquel en el que el núcleo no aparece escrito pero se puede reponer, es decir, se sabe de quién está hablando por más que no esté escrito, por ejemplo: Dictó la tarea, en esta oración el núcleo no está escrito pero podemos reponerlo, es decir, sabemos que es él o ella, dependido del contexto en el que se encuentre. Veamos un ejemplo más claro:

La maestra entró al salón. Sacó sus cuadernos y empezó a escribir en el  pizarrón. En la primer oración, el sujeto es expreso (maestra, está escrito); en cambio, en la segunda oración, el sujeto es tácito, no está escrito, pero podemos saber que se trata de la maestra.

Sujeto simple: es aquel que posee un solo núcleo en el sujeto, por ejemplo: La maestra entró al salón. (en esta oración,  hay un solo núcleo “maestra”).

Sujeto compuesto: la oración posee en su sujeto más de un núcleo, por ejemplo: la maestra y los alumnos conversaban en el patio. En esta oración hay más de un núcleo en el sujeto: maestra, alumnos.

El sujeto expreso puede ser simple o compuesto, tal como se explicó en párrafos anteriores.

A continuación copio un cuento breve de Laura Martino para que reconozcan los tipos de sujetos oracionales presentes:

mirada de Célica

En el planeta Plutón, sus habitantes se comunicaban con los ojos. Un pestañeo rápido        era un ¡sí! lleno de entusiasmo; un pestañeo lento, un sí desdeñoso o inseguro. Si los ojos permanecían cerrados cinco segundos, era una negativa. Si alguien cerraba los ojos y los mantenía así por largo tiempo, la negativa era rotunda. Una serie de movimientos de los globos oculares for­maban las palabras.

Cé1ica estaba enamorada de Ausonio. Adoraba sus largas pestañas que brillaban al sol, sus párpados que se arrugaban 1evemente al decir sí, el violeta profun­do de sus tres ojos. Cuando é11a miraba, Célica sentía un estremecimiento.

Aquella mañana, ella amaneció con los ojos enrojecidos y ardientes, pero no le dio importancia. Era el día señalado: esa tarde iría con Ausonio a pasear por la orilla, del 1ago salado. Nada iba a impedirlo.

Caminaron tomados de la mano. De pronto, los ojos de Ausonio reflejaron a Célica largamente. Célica tres veces repetida. Célica hundida en ese mar violáceo. Au­sonio le preguntó con la mirada:

-¿Querés ser mi novia?

Célica dijo un ¡sí! eufórico… o intentó decirlo… Sus párpados enrojecidos e hinchados por la conjuntivitis no respondieron con celeridad. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Uno… dos … diez… treinta segundos? Una eternidad.

Cuando, desesperada, 1ogró abrir; los ojos, Ausonio había huido, sintiéndose despreciado y confundido. Cuando Célica preguntó por él, le dijeron que se había embarcado para los viajes de exploración al asteroide XZW4718/75.

Dejame tu Comentario